Todos queremos tener control de nuestra vida, nuestro entorno, nuestros hijos, nuestras comunidad. En realidad el control es una ilusión. Podemos tener más control sobre nuestras acciones que sobre nuestras emociones.
Empleamos una gran cantidad de energía tratando de mantener control. Si tuviéramos una idea más realista de lo que podemos controlor, tendríamos una vida más equilibrada y más eficaz.
Podemos ciertas opciones para ayudar a mejorar la situación propia o la de nuestros allegados manteniendo una actitud lúcida y preguntándonos qué es lo mejor que podemos hacer. Esto no significa que haya ninguna garantía en cuanto a los resultados.
Pasemos a revisar el control con los hijos. En mi opinión, los padres deben mantener un principio de autoridad y darles a los hijos amor y así como ponerles límites. Esto no significa que la actitud sea dogmática y sofocante. Creo que todos los padres sabemos que los mismo métodos no funcionan igual con todos los hijos. Cada muchacho viene con su temperamento, y sus circunstancias: colegio, amistade, talentos y aficiones. Si una hija tiene inclinación por la esgrima y un varón por el violín, debemos respetar sus inclinaciones. Los padres que insisten en mantener el control de sus hijos inapropiadamente se han encontrado muchas sorpresas de conducta cuando sus hijos llegan a la adultez. Algunos se comportan de una manera rebelde, otros demasiado pasivos, así como otros buscan un escape.
Otra situación en la que el control se manifiesta es en la relación de pareja. Algunos logran tener un cierto control sobre muchas cosas aunque dudo que el otro se sienta bien. Así nace el resentimiento, la resistencioa pasiva y hasta coqueteos más o menos plátonicos. Mucho mejor es una relación de igualdad, entendimiento y respeto mutuo. ¿Que hay menos control? Seguramente, pero creo que hay más posibilidades de que la relación de pareja sea más satisfactoria.
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